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viernes, 28 de junio de 2019

LA NOVIA DEL VIENTO








El monte estaba oscuro, las llamas habían acabado con tréboles y verbenas, con talas y mistoles; dejando troncos ennegrecidos y costrosos. Las lluvias permitieron el nacimiento de algunos brotes sobre el tapis negro, y un renacer de copetes amarillos de corazón verde en las palmas Caranday.
Chañi recorría el altozano como buscando rastros de nueva vida, saltaba charcos y zanjas. Levantaba la vista para ver si los zorzales y las catas habían vuelto a anidar las ahumadas ramas y soplaba chasquidos bajitos que solo ella y las cabras conocen.
Se inclina para levantar una mica que brilla entre tanta negrura, así al ras del suelo le parece oír un quebrar de ramas... un resbalar de pasos y ya la sombra está sobre ella. Corre internándose en el monte, tropieza, rueda en el verdín... Llega al abra y un remolino ventoso la voltea por la barranca.
Al atardecer, la despierta el llamado de su madre —Chañi, Chañiiii— que se confunde con el grito del crespín. Chañi trata de contestar, mueve los labios, pero las palabras no nacen. Aterrorizada se esfuerza por salir del zanjón, aferra un manojo de cortadera, hunde un pie en una grieta y...  lentamente trepa hasta el filo de la quebrada.
La madre acompañada por habitantes del caserío la encuentran a la mañana siguiente. La levantan con cuidado, como si fuese de cristal. Al llegar al riachuelo la sumergen para borrarle: tizne, manchas de sangre, costras de barro y por último le peinan sus negros cabellos. Chañi abre sus ojitos como cuis asustado... mira a cada uno, sin pronunciar palabra.
Ese fin de otoño, vieron pasar a Chañi por la plaza del pueblo: arrastrando las usutas, con la cabeza baja y las mejillas bordadas de arañazos. A medida que se acercaba la primavera, la veían pasar: arrastrando las usutas, sin las marcas de los arañazos, solo más gordita. Al principio del verano se le notaba un embarazo adelantado. Para entonces en el bar, los changos se gritan de mesa a mesa:
—Che, quien va a cargar con el angelito.
—Y.… si es pato, caminará como pato.
— Ya veremos si es narigón o ñato.
— La Chañi dice que es hijo del viento...
La plaza del pueblo era de tierra apisonada, en su centro se erigía un viejo y retorcido Algarrobo, del que nadie se preocupaba por saber la edad. De sus cuatro esquinas, tres eran importantes. Enfrente de la primera se encontraba la iglesia, con campanario y dos escalones para ascender a la nave.  En diagonal con la iglesia, se hallaba un edificio bajo, pintado de celeste; sus mesas desconchadas de metal y sillas de madera lo revelaban como el bar del pueblo. Enfrentada con la tercera esquina se descubría una casona de adobe blanqueado, rodeada de balaustres que sostenían centenares de latas con plantas, allí vivía Antonia (comadrona y curandera del pueblo). Esa mañana de navidad, la madre de Chañi salió de la casa de la Antonia llorando, diciendo entre suspiros:
—Ayuda, ayuda, mi Chañi... —Los sollozos borran el resto de las palabras.
—Doña ¿qué pasa? ¿Le fue mal a la niña?
— ¡Se fue el angelito! Pobrecito.
—No, no, mi Chañi... ¡No quiere abrir las piernas! —grita al fin.
Fueron para lo de la comadrona: la María (madre de diez niños), Esther (la maestra de sexto grado de Chañi), Isolina ayudante del cura (que estaba puliendo el altar para la misa de gallo) y hasta el padrecito Romualdo (recién arribado al pueblo para la misa). En el centro de la habitación, frente a un altarcito de la Virgen del Valle, se hallaba Chañi, hecha un ovillo en medio de un gran camastro de tientos.
Iluminaba la habitación un arbolito de navidad de alambre y papel crepé. En medio de alfeñiques con envoltorios metálicos (de segundo uso) y flores de plástico, se retorcía una guirnalda de luces de navidad amarillentas, es que el motor del pueblo no daba para más.
Las mujeres cercaron el camastro y empezaron a dar consejos, todas juntas:
—Abre las piernas, respira tranquila.
—Fuerza, más fuerza, así no duele.
—Toma un vaso de carqueja con miel.
—No, de ruda con tres gotas de agua bendita.
Chañi las miraba espantada y cuanto más le decían, más se enroscaba y tapaba la cabeza. Al final Isolina se le acercó y poniendo la mano en el vientre, comenzó a entonar: «Pero mira cómo beben los peces en el río/ Pero mira cómo beben por ver al Dios nacido/ Beben y beben y vuelven a beber/ Los peces en el río por ver a Dios Nacer».  A medida que cantaba y le acariciaba la barriga, Chañi se fue sosegando. Para cuando doña Antonia gritó «puja», todas estaban fascinadas cantando, de suerte que el padrecito Romualdo tuvo que atajar al niñito.
Al dar las doce campanadas, el pueblo fue llegando al templo. La pequeña iglesia estaba construida con piedras unidas con cal  y   el techo  formado por capas  de  ladrillos.  Solo contaba con una pequeña nave central donde se disponía la única fila de bancos.
 Al costado del altar, sentada en un pequeño retablo estaba Chañi, sosteniendo en sus tostados brazos un niñito blanco como la nieve. Todos se acercaban a mirarla, primero con curiosidad y luego con rostros sonrientes se santiguaban.  Un murmullo iba llenando el templo: «Es hijo del viento, es hijo del viento frio...»
El niño se llamó Wayra (viento en quechua). Era blanco como la nieve, cabellos muy rubios y sus ojos claros como gotas de rocío. Por suerte no había léido alguno en el pueblo, de modo que no le explicaron lo de la endogamia, ni del cromosoma recesivo de los albinos.  Para todos Chañi fue violada por el viento y producto de ello nació Wayra.
Los niños del coro cuchichiaban entre ellos:
— ¿Será verdad?
— ¿El viento te puede voltear?
—Cuidado chicas con el viento.
—Isolina ¿todos los payos son hijos del viento?
—Algunos si, como el Wayra, pero que importa el color, lo importante es ser buen cristiano y él lo será.

miércoles, 17 de abril de 2019

MUERTE EN EL LAGO




MUERTE EN EL LAGO



La mancha violeta se extendía como aceite sobre la superficie del lago, iba creciendo en forma concéntrica, como si estiraran un globo gigante. A medida que se iluminaba el paisaje, la mancha vira al rojo sangre. Sujetó el cuerpo de Esther con el remo, haciéndola girar sobre si misma. Miró la expresión de sorpresa del rostro y la empujó hacia el fondo.
Rema hacia la costa y salta a tierra. Un trueno lo sobresalta, corre por la vereda de ladrillos rojos, abre la verja y se sumerge en su amado jardín. Pasea la vista por la lujuriosa vegetación: palmeras datileras, granados, limoneros y naranjos. Mira entre la espesura de los frutales y sonríe con tristeza al contemplar las rosas, adelfas y jazmines.
Moviendo la cabeza hacia los lados, como si negara, repetía: «las acequias están limpias, no tiene hojas ni palillos», recogiendo un puñado de hojas secas, las arroja al canal de riego. Retuerce sus manos con desosiego, mientras sus mejillas brillan de lágrimas a la luz de los refucilos. La rabia lo ahoga, extiende sus brazos y hamaca los árboles como si quisiera arrancarlos, haciendo caer los frutos sobre el césped, luego los aplasta con saña, mientras afirma: «son dulces, son fragantes, son coloridos». Se agacha, recoge una naranja reventada y la muerde con fruición.
Aspira una bocanada de aire húmedo, baja la cabeza y se encamina con determinación hacia la caseta donde guarda las herramientas. Abre con furia el portón y revuelve los estantes, hasta hallar la guadaña, la toma con manos temblorosas y comienza a afilar la hoja curva. De lejos parecería un dedicado jardinero, salvo por la agitación del cuerpo.
Corre por los senderos que lo separan de los macizos de flores.  Bajo la intensa lluvia comienza a cegar las adelfas, salvias y coloridos asteres.  Acaricia las rosas, se inclina para aspirar su perfume y estruja entre los dedos las corolas rojo sangre, llorando a los gritos con la boca abierta: «¡no son suficientemente rojas! ¡no son olorosas! — hace una pausa y se pregunta— ¿quizás el agua del lago no era suficientemente roja?»

Esa mañana Esther, la dueña del solar, había aceptado cruzar el lago en barca con el jardinero. Mientras las gazas de humedad los envuelven, comienza a azuzarlo con reclamos.  Lo hacía como una gracia, ya que sabía, que a pesar de que el hombrecillo la mirara torcido, más tarde trabajaría con más ahínco en su jardín.