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miércoles, 17 de abril de 2019

MUERTE EN EL LAGO




MUERTE EN EL LAGO



La mancha violeta se extendía como aceite sobre la superficie del lago, iba creciendo en forma concéntrica, como si estiraran un globo gigante. A medida que se iluminaba el paisaje, la mancha vira al rojo sangre. Sujetó el cuerpo de Esther con el remo, haciéndola girar sobre si misma. Miró la expresión de sorpresa del rostro y la empujó hacia el fondo.
Rema hacia la costa y salta a tierra. Un trueno lo sobresalta, corre por la vereda de ladrillos rojos, abre la verja y se sumerge en su amado jardín. Pasea la vista por la lujuriosa vegetación: palmeras datileras, granados, limoneros y naranjos. Mira entre la espesura de los frutales y sonríe con tristeza al contemplar las rosas, adelfas y jazmines.
Moviendo la cabeza hacia los lados, como si negara, repetía: «las acequias están limpias, no tiene hojas ni palillos», recogiendo un puñado de hojas secas, las arroja al canal de riego. Retuerce sus manos con desosiego, mientras sus mejillas brillan de lágrimas a la luz de los refucilos. La rabia lo ahoga, extiende sus brazos y hamaca los árboles como si quisiera arrancarlos, haciendo caer los frutos sobre el césped, luego los aplasta con saña, mientras afirma: «son dulces, son fragantes, son coloridos». Se agacha, recoge una naranja reventada y la muerde con fruición.
Aspira una bocanada de aire húmedo, baja la cabeza y se encamina con determinación hacia la caseta donde guarda las herramientas. Abre con furia el portón y revuelve los estantes, hasta hallar la guadaña, la toma con manos temblorosas y comienza a afilar la hoja curva. De lejos parecería un dedicado jardinero, salvo por la agitación del cuerpo.
Corre por los senderos que lo separan de los macizos de flores.  Bajo la intensa lluvia comienza a cegar las adelfas, salvias y coloridos asteres.  Acaricia las rosas, se inclina para aspirar su perfume y estruja entre los dedos las corolas rojo sangre, llorando a los gritos con la boca abierta: «¡no son suficientemente rojas! ¡no son olorosas! — hace una pausa y se pregunta— ¿quizás el agua del lago no era suficientemente roja?»

Esa mañana Esther, la dueña del solar, había aceptado cruzar el lago en barca con el jardinero. Mientras las gazas de humedad los envuelven, comienza a azuzarlo con reclamos.  Lo hacía como una gracia, ya que sabía, que a pesar de que el hombrecillo la mirara torcido, más tarde trabajaría con más ahínco en su jardín.