La mancha violeta se extendía como aceite sobre la
superficie del lago, iba creciendo en forma concéntrica, como si estiraran un
globo gigante. A medida que se iluminaba el paisaje, la mancha vira al rojo
sangre. Sujetó el cuerpo de Esther con el remo, haciéndola girar sobre si misma.
Miró la expresión de sorpresa del rostro y la empujó hacia el fondo.
Rema hacia la costa y salta a tierra. Un trueno lo
sobresalta, corre por la vereda de ladrillos rojos, abre la verja y se sumerge
en su amado jardín. Pasea la vista por la lujuriosa vegetación: palmeras
datileras, granados, limoneros y naranjos. Mira entre la espesura de los
frutales y sonríe con tristeza al contemplar las rosas, adelfas y jazmines.
Moviendo la cabeza hacia los lados, como si negara, repetía:
«las acequias están limpias, no tiene hojas ni palillos», recogiendo un
puñado de hojas secas, las arroja al canal de riego. Retuerce sus manos
con desosiego, mientras sus mejillas brillan de lágrimas a la luz de los
refucilos. La rabia lo ahoga, extiende sus brazos y hamaca los árboles como si
quisiera arrancarlos, haciendo caer los frutos sobre el césped, luego los
aplasta con saña, mientras afirma: «son
dulces, son fragantes, son coloridos».
Se agacha, recoge una naranja reventada y la muerde con fruición.
Aspira una bocanada de aire húmedo, baja la cabeza y se
encamina con determinación hacia la caseta donde guarda las herramientas. Abre
con furia el portón y revuelve los estantes, hasta hallar la guadaña, la toma
con manos temblorosas y comienza a afilar la hoja curva. De lejos parecería un dedicado
jardinero, salvo por la agitación del cuerpo.
Corre por los senderos que lo separan de los macizos de
flores. Bajo la intensa lluvia comienza
a cegar las adelfas, salvias y coloridos asteres. Acaricia las rosas, se inclina para aspirar su
perfume y estruja entre los dedos las corolas rojo sangre, llorando a los
gritos con la boca abierta: «¡no son suficientemente rojas! ¡no son olorosas! —
hace una pausa y se pregunta— ¿quizás el agua del lago no era suficientemente
roja?»
Esa mañana Esther, la dueña del solar, había aceptado cruzar
el lago en barca con el jardinero. Mientras las gazas de humedad los envuelven,
comienza a azuzarlo con reclamos. Lo hacía como una gracia, ya que sabía, que a
pesar de que el hombrecillo la mirara torcido, más tarde trabajaría con más ahínco
en su jardín.
