El monte estaba
oscuro, las llamas habían acabado con tréboles y verbenas, con talas y
mistoles; dejando troncos ennegrecidos y costrosos. Las lluvias permitieron el
nacimiento de algunos brotes sobre el tapis negro, y un renacer de copetes
amarillos de corazón verde en las palmas Caranday.
Chañi recorría el altozano como buscando rastros de nueva
vida, saltaba charcos y zanjas. Levantaba la vista para ver si los zorzales y
las catas habían vuelto a anidar las ahumadas ramas y soplaba chasquidos
bajitos que solo ella y las cabras conocen.
Se inclina para levantar una mica que brilla entre tanta
negrura, así al ras del suelo le parece oír un quebrar de ramas... un resbalar
de pasos y ya la sombra está sobre ella. Corre internándose en el monte,
tropieza, rueda en el verdín... Llega al abra y un remolino ventoso la voltea
por la barranca.
Al atardecer, la despierta el llamado de su madre —Chañi,
Chañiiii— que se confunde con el grito del crespín. Chañi trata de contestar,
mueve los labios, pero las palabras no nacen. Aterrorizada se esfuerza por
salir del zanjón, aferra un manojo de cortadera, hunde un pie en una grieta
y... lentamente trepa hasta el filo de
la quebrada.
La madre acompañada por habitantes del caserío la encuentran
a la mañana siguiente. La levantan con cuidado, como si fuese de cristal. Al
llegar al riachuelo la sumergen para borrarle: tizne, manchas de sangre,
costras de barro y por último le peinan sus negros cabellos. Chañi abre sus
ojitos como cuis asustado... mira a cada uno, sin pronunciar palabra.
Ese fin de otoño, vieron pasar a Chañi por la plaza del
pueblo: arrastrando las usutas, con la cabeza baja y las mejillas bordadas de
arañazos. A medida que se acercaba la primavera, la veían pasar: arrastrando
las usutas, sin las marcas de los arañazos, solo más gordita. Al principio del
verano se le notaba un embarazo adelantado. Para entonces en el bar, los
changos se gritan de mesa a mesa:
—Che, quien va a cargar con el angelito.
—Y.… si es pato, caminará como pato.
— Ya veremos si es narigón o ñato.
— La Chañi dice que es hijo del viento...
La plaza del pueblo era de tierra apisonada, en su centro se
erigía un viejo y retorcido Algarrobo, del que nadie se preocupaba por saber la
edad. De sus cuatro esquinas, tres eran importantes. Enfrente de la primera se
encontraba la iglesia, con campanario y dos escalones para ascender a la
nave. En diagonal con la iglesia, se
hallaba un edificio bajo, pintado de celeste; sus mesas desconchadas de metal y
sillas de madera lo revelaban como el bar del pueblo. Enfrentada con la tercera
esquina se descubría una casona de adobe blanqueado, rodeada de balaustres que
sostenían centenares de latas con plantas, allí vivía Antonia (comadrona y
curandera del pueblo). Esa mañana de navidad, la madre de Chañi salió de la
casa de la Antonia llorando, diciendo entre suspiros:
—Ayuda, ayuda, mi Chañi... —Los sollozos borran el resto de
las palabras.
—Doña ¿qué pasa? ¿Le fue mal a la niña?
— ¡Se fue el angelito! Pobrecito.
—No, no, mi Chañi... ¡No quiere abrir las piernas! —grita al
fin.
Fueron para lo de la comadrona: la María (madre de diez
niños), Esther (la maestra de sexto grado de Chañi), Isolina ayudante del cura
(que estaba puliendo el altar para la misa de gallo) y hasta el padrecito
Romualdo (recién arribado al pueblo para la misa). En el centro de la
habitación, frente a un altarcito de la Virgen del Valle, se hallaba Chañi,
hecha un ovillo en medio de un gran camastro de tientos.
Iluminaba la habitación un arbolito de navidad de alambre y
papel crepé. En medio de alfeñiques con envoltorios metálicos (de segundo uso)
y flores de plástico, se retorcía una guirnalda de luces de navidad
amarillentas, es que el motor del pueblo no daba para más.
Las mujeres cercaron el camastro y empezaron a dar consejos,
todas juntas:
—Abre las piernas, respira tranquila.
—Fuerza, más fuerza, así no duele.
—Toma un vaso de carqueja con miel.
—No, de ruda con tres gotas de agua bendita.
Chañi las miraba espantada y cuanto más le decían, más se
enroscaba y tapaba la cabeza. Al final Isolina se le acercó y poniendo la mano
en el vientre, comenzó a entonar: «Pero mira cómo beben los peces en el río/
Pero mira cómo beben por ver al Dios nacido/ Beben y beben y vuelven a beber/
Los peces en el río por ver a Dios Nacer».
A medida que cantaba y le acariciaba la barriga, Chañi se fue sosegando.
Para cuando doña Antonia gritó «puja», todas estaban fascinadas cantando, de
suerte que el padrecito Romualdo tuvo que atajar al niñito.
Al dar las doce campanadas, el pueblo fue llegando al
templo. La pequeña iglesia estaba construida con piedras unidas con cal y el
techo formado por capas de
ladrillos. Solo contaba con una
pequeña nave central donde se disponía la única fila de bancos.
Al costado del altar,
sentada en un pequeño retablo estaba Chañi, sosteniendo en sus tostados brazos
un niñito blanco como la nieve. Todos se acercaban a mirarla, primero con
curiosidad y luego con rostros sonrientes se santiguaban. Un murmullo iba llenando el templo: «Es hijo
del viento, es hijo del viento frio...»
El niño se llamó Wayra (viento en quechua). Era blanco como
la nieve, cabellos muy rubios y sus ojos claros como gotas de rocío. Por suerte
no había léido alguno en el pueblo, de modo que no le explicaron lo de la
endogamia, ni del cromosoma recesivo de los albinos. Para todos Chañi fue violada por el viento y
producto de ello nació Wayra.
Los niños del coro cuchichiaban entre ellos:
— ¿Será verdad?
— ¿El viento te puede voltear?
—Cuidado chicas con el viento.
—Isolina ¿todos los payos son hijos del viento?
—Algunos si, como el Wayra, pero que importa el color, lo
importante es ser buen cristiano y él lo será.
